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HTA
Hipertensión Arterial
Ritmo
circadiano de presión arterial
y riesgo cerebrovascular
Desde un punto de vista epidemiológico podemos considerar a la HTA y a
la edad como los factores de riesgo más importantes en la aparición y
evolución de la enfermedad cerebrovascular en todas sus
manifestaciones. En los estudios epidemiológicos clásicos se nos
informaba de una relación continua entre cifras de PA (sistólica y
diastólica) y la probabilidad de sufrir tanto procesos
cerebrovasculares isquémicos como hemorrágicos, aunque también en
estos estudios se evidenciaba que la correlación observada entre cifras
tensionales y daño vascular era relativamente pobre.
Ello ha motivado
la búsqueda de parámetros que nos mejoren esta sensibilidad predictiva
tal como luego veremos. Además, y de forma similar, tanto la edad como
la HTA son los principales factores implicados en dos patologías que
hoy adquieren una especial significación social dado el envejecimiento
progresivo de las sociedades desarrolladas: nos referimos a la demencia
vascular, a la que se considera como la segunda causa de demencia después
de la enfermedad de Alzheimer, y a la enfermedad de Binswanger1.
En la primera podemos incluir aquellas enfermedades que pueden lesionar
el tejido cerebral por mecanismos vasculares, ocasionando el deterioro
de múltiples funciones cognitivas2. A su vez, la
enfermedad de Bins-wanger es una forma de demencia vascular cuya
fisiopatología y terminología son controvertidas, pero que incluye una
demencia subcortical a la que pueden añadirse diversas manifestaciones
clínicas y radiológicas características aunque no específicas,
puesto que la única técnica diagnóstica específica es la patológica3.
Manifestaciones clínicas habituales serían la existencia de un síndrome
lacunar, trastornos de la marcha de tipo frontal, síndrome
parkinsoniano de la mitad inferior del cuerpo, síndrome pseudobulbar,
incontinencia de orina, episodios confusionales, síncopes, crisis
convulsivas, todo enmarcado en un cuadro len-tamente progresivo con períodos
de fluctuación4.
La medición precisa de este daño cerebrovascular es un paso necesario
en la valoración de las relaciones fisiopatológicas y en la
interpretación adecuada de los beneficios terapéuticos.
En neurología
esta afectación orgánica es cuantificable a través de diversos
procedimientos, siendo las técnicas neurorradiológicas las más
usualmente utilizadas dada su sensibilidad y factibilidad. Por ello se
ha descrito un concepto radiológico, trasunto de cambios anatómicos,
ampliamente utilizado hoy día como es el de leucoaraiosis5.
Con él se describen cambios radiológicos en la sustancia blanca en
forma de rarefacción, detectables sobre todo a través de la utilización
de la resonancia magnética, y que, a través de múltiples evidencias
clínicas, radiológicas, epidemiológicas y patológicas, conocemos que
son una consecuencia de la isquemia crónica de la sustancia blanca
cerebral6.
En fechas recientes, en la patogenia del daño vascular relacionado
causalmente con los procesos arriba apuntados, se ha implicado, además
de los factores de riesgo clásicos citados antes en parte, a diversas
alteraciones funcionales hemodinámicas7 que,
valoradas junto a aquellos factores, mejorarían la capacidad predictora
(hata ahora poco sensible y consistente) del riesgo vascular. Y estas
alteraciones hemodinámicas no sólo dependen de una dificultad de
irrigación causada por cambios estructurales directamente relacionados
con los factores de riesgo antes apuntados (recordemos principalmente la
HTA y la edad), sino también a cambios funcionales que impiden la
respuesta autorreguladora normal para adaptarse a los cambios de la
presión de perfusión.
Entre estos cambios funcionales podriamos citar
a alteraciones hemorreológicas8 (por ejemplo,
hiperviscosidad, atribuible a su vez a diversos factores, tales como
hiperglobulinemia, trombocitosis, policitemia, severa hiperlipidemia,
etc.) que no son motivo de nuestra revisión, y a diversas disfunciones
hemodinámicas tales como hipotensiones (yatrogénicas o espontáneas),
síncopes y lipotimias, bajo gasto secundario a cardiopatías, a
arritmias cardíacas o a situaciones de hipoxia9.
Por ello en la valoración global del impacto hemodinámico, además de
los valores absolutos de la PA, habitualmente valorada a través de lo
que conocemos como PA casual, otras variables tensionales pueden ser
también importantes, tales como los cambios en el perfil circadiano de
la PA, es decir, en el perfil de PA de 24 horas, datos que son fácilmente
obtenibles hoy día mediante la utilización de monitorización ambulatoria de PA (MAPA) durante
24 horas, tecnología que nos ha hecho posible analizar la PA desde un
punto de vista cronobiológico.
La importancia teórica de estos cambios
circadianos reside en el hecho de que precisamente pueden reflejar
alteraciones funcionales de tipo hemodinámico que, como hemos visto
antes, pueden tener gran importancia tanto sobre el riesgo
cardiovascular en general como sobre el cerebrovascular en particular.
En la valoración de los datos disponibles sobre este tema concreto
vamos a centrar esta somera revisión.
MAPA
como medida del daño vascular
Ya decíamos antes que, dado que la PA es altamente variable, es lógico
presuponer que las mediciones asiladas reflejan de una manera muy pobre
la realidad de los cambios de PA durante 24 horas y, por tanto, que son
pobres predictores del riesgo global. Además de una mejor información
sobre los valores “reales” de PA (y consecuentemente mejor predicción
del riesgo) esta nueva tecnología aporta otros valores (además de los
promedios globales) que nos pueden ayudar a entender la falta de una
correlación más estrecha entre daño vascular y cifras de PA, y
aportamos valores o criterios que suplan esta carencia. Ya hace años
que conocemos que la media de PA obtenida por registro de 24 horas es
superior a la información que nos aporta la PA casual en la medición
del daño orgánico en general10.
Si en otros
campos de la epidemiología cardiovascular ya está bien definido que la
medida de la PA mediante MAPA es un mejor predictor del riesgo de
mortalidad cardiovascular o de la existencia de daño orgánico11
(valorado, por ejemplo, a través de la existencia de hipertrofia
ventricular izquierda), no es extraño que diversos investigadores hayan
centrado su interés en definir mejor cuál es la relación entre
diversos parámetros cronobiológicos y el daño vasculocerebral. Los
resultados son por el momento confusos y aparentemente contradictorios.
Intentaremos resumirlos a continuación y reflexionar sobre la
significación de los datos que nos aporta.
MAPA
y daño vascular cerebral
De forma similar a lo que ocurre en el riesgo cardiovascular global,
sabemos que las medias de PA obtenidos mediante MAPA son mejores
predictores del riesgo cerebrovascular que las medidas aisladas
(casuales) de la PA12. Cabe preguntarse si, además
de esta mayor precisión pronóstica que nos aportan los promedios
globales obtenidos por esta nueva tecnología, cabe añadir otros parámetros
que nos añadan una información más precisa en función de diferentes
perfiles circadianos.
Probablemente una de las primeras referencias
bibliográficas sobre el diferente riesgo atribuible a un diferente
perfil circadiano, a pesar de medias de PA similares, procede de uno de
los autores que mejor conocen y han difundido el uso del registro de PA
de 24 horas. O’Brien et al en su breve carta de 1988 publicada en el
Lancet13 destacaban que, a través de datos
recogidos de 123 pacientes a los que consecutivamente se les aplicó una
MAPA, la prevalencia de accidentes cerebrovasculares (ACV) fue
significativamente superior en aquellos sujetos que los autores
clasificaban como non-dipper, es decir, aquellos hipertensos que no
presentaban una reducción fisiológica de la PA durante la noche
(interpretada como una caída de al menos 10 mmHg de presión arterial
sistólica [PAS] y de 5 mmHg de PA diastólica [PAD]) en comparación
con las medias diurnas de PA. La prevalencia observada era de hasta
siete veces superior en este grupo en el que otras múltiples variables
posiblemente influyentes (edad, sexo, peso, media de PA diurna,
tratamiento) no se diferenciaban del grupo dipper.
Coincidentemente,
Hayashi et al observaron una ausencia de la caída fisiológica de la PA
nocturna en hipertensos seniles con enfermedad cerebrovascular14,
mientras que Lip et al describieron lo mismo en pacientes con un ACV
agudo15.
Además de esta sugerencia de mayor PA nocturna en los pacientes con
mayor riesgo cerebrovascular, otras evidencias apuntan a una
“inestabilidad de la PA” como causante de mayor riesgo. Así,
McQuinn et al16 observan en un estudio
retrospectivo (con todas las limitaciones que ello conlleva) que en
1.643 escáner cerebrales realizados durante un año, diez de once
pacientes en los que se detectaba una hipodensidad difusa de la
sustancia blanca (lo que podríamos describir como leucoaraiosis) tenían
lo que los autores definen como inestabilidad de la PA: presencia de
hipertensión, amplia (incluso extrema) fluctuación de la PAS en
sujetos, por otro lado, normotensos, hipotensión ortostática o una
combinación de estos factores.
Y existía una buena correlación entre
esta inestabilidad tensional y los cambios radiológicos observados en
la sustancia blanca. A conclusiones similares llega Sander et al17
al describir que la variabilidad de la PAS diurna era el mejor predictor
de la ateroesclerosis carotídea precoz medida a través del cálculo
del grosor de la pared íntima-media (IM) carotídea, aun ajustando por
diversas variables que potencialmente pueden confundir (tales como edad,
sexo, tabaco, diabetes, colesterol y triglicéridos), y descartando el
efecto de la medicación hipotensora que no fue utilizada durante el período
de registro de PA de 24 horas. Incluso la relación significativa
encontrada entre nivel de PA y grosor de pared perdía su significación
cuando se ajustaba por la variabilidad diurna de PA.
De hecho, también
en pacientes normotensos se comprobó la existencia de esta relación
positiva. Un análisis multivariado efectuado revelaba que era dicha
variabilidad diurna de PA el más potente predictor del grosor de pared
íntima-media (el cual, conviene recordar, está significativamente
relacionado con todo tipo de patología cardiovascular). Además, el máximo
incremento del grosor IM se daba en aquellos pacientes hipertensos con
un incremento de la variabilidad diurna de la PA y que, al mismo tiempo,
presentaran un incremento adicional de la PA nocturna (lo que antes
hemos descrito como fenómeno non-dipper) (fig.
1). Como resumen
de lo que precede podemos decir que hasta un 38.% de la variación del
grosor IM venía explicado por la citada variabilidad diurna de la PA en
pacientes hipertensos, mientras que en pacientes normotensos esta cifra
se situaba en un 36.%. Basados en estos datos los autores creen que el
incremento por encima de 15 mmHg de la variabilidad de la PAS diurna
representa el factor de riesgo más potente conocido para padecer
aterosclerosis precoz.
Tohgi et al18, en un estudio previo al más arriba
citado, llegan a conclusiones similares, observando una relación entre
diversos niveles de da ño cerebral (demencia tipo Binswanger, demencia
vascular y presencia de lagunas aisladas) e incremento tanto de la
variabilidad de PA (en este caso durante todo el período de 24 horas)
como de la media de PA nocturna, tanto en pacientes tratados como no
tratados. Las diferencias más significativas se observaron en los
grupos con demencia tipo Binswanger y en menor grado en la demencia de
tipo lacunar.
|

|
| Fig.
1. Cambios ajustados por edad en el grosor íntima-media (IMT)
(media e intervalos de confianza del 95%) de acuerdo a la variabilidad
diurna de la PAS y a la variación de PA en normotensos e hipertensos.
Grupo A: variabilidad diurna de la PAS < 15 mmHg y disminución de la
PA nocturna; Grupo B: variabilidad diurna de la PAS > 15 mmHg y
disminución de la PA nocturna; Grupo C: variabilidad diurna de la PAS
< 15 mmHg e incremento de la PA nocturna; Grupo D: variabilidad
diurna de la PAS > 15 mmHg e incremento de la PA nocturna. Tomada de
la referencia 17. |
TABLA
1
Comparación de complicaciones cardíacas
y cerebrales según categoría dipper
| |
normotensos
(n = 34)
|
dippers
(n = 39)
|
noN-dippers
(n = 15)
|
Lagunas
PVH-III
ECG-LVH |
0,19 ± 1,4
6 (17)
0 (0)
|
1,0 ± 1,7
7 (18
2 (5)
|
3,7 ± 5,2*
8 (53)**
8 (53)***
|
Los
valores se expresan como media ± DE o número de sujetos (%).
*.p < 0,05 (por prueba “t” de Student); ** p < 0,05;
***.p < 0,01 (por prueba exacta de Fisher) frente a
dippers. PVH-III: hiperdensidad periventricular avanzada
(grado III) en imágenes T2 de resonancia magnética; ECG-LVH:
evidencia electrocardiográfica de hipertrofia ventricular
izquierda. Extraída de la referencia 19.
Otros autores japoneses (Shimada et al19)
vuelven a detectar un mayor grado de lesión cerebral (medido
a través de la detección de lagunas y de hiperdensidad
periventricular avanzada utilizando resonancia magnética) en
aquellos pacientes hipertensos asintomáticos (conviene
enfatizar este punto) non-dipper en comparación tanto al
mismo tipo de pacientes hipertensos, pero en este caso dipper,
o en comparación con sujetos normotensos, no existiendo
diferencias significativas entre estos dos últimos grupos.
Además, no sorprendentemente, la prevalencia de hipertrofia
ventricular izquierda era significativamente superior en el
grupo de hipertensos non-dipper que en los otros dos grupos
citados (tabla
1).
Hasta
ahora hemos citado como potentes factores de riesgo de daño
cerebral la variabilidad de la PA (junto a la presencia de
amplias oscilaciones de PA) y la ausencia de caída fisiológica
de la PA durante la noche. Otros autores, también en este
caso japoneses (es evidente que este interés de los autores
orientales por la patología cerebrovascular tiene sentido en
el contexto de la elevada incidencia de esta patología en sus
poblaciones, muy por encima de la incidencia observada de
riesgo coronario) describen otra cara de la moneda: un
incremento del daño cerebral en relación con excesivas caídas
de PA durante la noche. Este concepto entraría en aparente
contradicción con lo dicho más arriba.
Watanabe
et al12, antes citados, especulan con el
concepto de que descensos de PA durante la noche, sobre todo
en pacientes seniles, sean producidos por tratamiento
antihipertensivo o de aparición espontánea, inducirían daño
orgánico, el cual a su vez conduciría a largo plazo a una
elevación persistente de la PA nocturna, condición que sería
consecuentemente no tanto causa del daño orgánico en sí,
sino simplemente su consecuencia. Para apoyar esta hipótesis
estos autores publicaron hace un par de años que una PA
nocturna inapropiadamente baja o una excesiva caída de la PA
nocturna se asocia con lesiones isquémicas cerebrovasculares
silentes (medidas mediante resonancia magnética), al menos en
mujeres seniles.
En
la figura 2
podemos apreciar cómo en mujeres (que no en hombres) la caída
de PAS (que no es diastólica) nocturna es significativamente
superior en presencia de infartos lacunares que no en aquellas
sin tales lesiones, mientras que la extensión de
hiperdensidad periventricular también se incrementaba
significativamente en mujeres (que no en hombres) con mayor caída
de PA nocturna. De todas maneras, la no consistencia de los
resultados entre hombres y mujeres y la falta de progresión
de la lesión en función de esta caída de PA (en las mujeres
con más de dos infartos lacunares la caída de PA nocturna
tendía a ser menor que en el grupo de una-dos lesiones)
obliga a considerar estas observaciones con gran cautela,
aunque existen otras observaciones plenamente coincidentes de
otros autores tales como Kario et al20,
quienes además destacan que esta curva J no era en cambio
aparente en relación a la existencia de hipertrofia
ventricular izquierda o de excreción urinaria de albúmina,
apuntando también en otro artículo21
que esta variabilidad tensional no podía ser atribuible a la
existencia de una disfunción autonómica tal como otros
autores sugerían22.
Kohara
et al23 también observan que, mientras
que la media de PAS nocturna se relacionaba significativamente
con la presencia de infartos cerebrales tanto en jóvenes como
en viejos, la PAD nocturna sólo se correlacionaba con este daño
en jóvenes, mientras que por el contrario en los viejos la
relación era inversa, ocurriendo que la PAD nocturna y el daño
cerebral dibujaba en ellos una curva en jota (fig.
3), indicando que
en sujetos viejos (que no en hipertensos más jóvenes),
presiones nocturnas extremadamente bajas pueden precipitar
lesiones cerebrales silentes. Estas observaciones pueden,
pues, en parte explicar algunas de las aparentes paradojas:
mientras que parece ser claro que los pacientes que no reducen
fisiológicamente la PA durante la noche están en mayor
riesgo, ello no es incompatible con una mayor incidencia de
lesiones (silentes o no) en un subgrupo de pacientes
(probablemente los de mayor edad) con caídas excesivas de PA
durante la noche, siendo múltiples las posibles relaciones
patogenéticas entre esta variabilidad de PA y daño cerebral24.
Un
nuevo aspecto en la revisión de las relaciones entre parámetros
circadianos de PA y riesgo cerebral es analizar hasta qué
punto existen diferencias en el comportamiento circadiano según
el tipo de accidente cerebrovascular causal. Sander y Klingelhöfer25
efectúan una interesante revisión al respecto, observando en
comparación a controles normotensos e hipertensos sanos que
tras un infarto hemodinámico (es decir, de bajo flujo, tal
como se ve en enfermedades oclusivas extracraneales severas)
es posible observar unas marcadas (y significativas)
diferencias día-noche en la PAS y PAD, siendo evidente una
marcada caída de la PA nocturna, mientras que en infartos
tromboembólicos ocurría todo lo contrario: existía una
abolición del ritmo circadiano, ritmo que sólo estaba
preservado en un 11,4.%, y estaba invertido en un 40.% de los
pacientes (en la figura 4 se hace un resumen gráfico de estas
observaciones).
Además,
aquellos pacientes con lesión del córtex insular (región
involucrada en el control autonómico) presentaban un
incremento nocturno de PA (66,7.%) con una frecuencia
significativamente superior a aquellos que no presentaban una
lesión en esta área anatómica (11,8.%). Estas
peculiaridades pueden hacernos entender las aparentes
paradojas en el comportamiento circadiano de la PA según
diferentes estudios, diferencias que quizá tengan su razón
de ser en la diferente etiología de la lesión isquémica
cerebral, aunque Kario et al19 no
pudieron constatar diferencias mayores en el patrón o extensión
de las lesiones neurorradiológicas observadas en dipper y
dipper extremos.
Curva
J y riesgo cerebral
Todo lo anterior introduce una reflexión sobre el papel que
el tratamiento antihipertensivo tiene en la prevención de la
lesión cerebral, puesto que según lo apuntado sería posible
que un tratamiento excesivamente enérgico pudiera suponer un
riesgo descrito como en “curva J” de mortalidad (menor
para valores intermedios que para los extremos de la
distribución), similar a la curva antes citada relacionada
con la incidencia de lesiones asintomáticas.
Por
otro lado, dado que aparentemente aquellos sujetos con
presiones nocturnas excesivamente elevadas (es decir, sin caída
fisiológica de la PA durante la noche), estarían sometidos a
un mayor riesgo, por tanto debiéramos intentar controlar no sólo
su PA diurna, sino también, y sobre todo, su PA nocturna, la
cual aparece específicamente alterada. Otra vez los datos de
que disponemos son contradictorios. Irie et al26
han descrito una curva en “jota” en relación con la PAD
postictus y recurrencia de ACV.
|

|
| Fig.
2. Relación entre el número de infartos
lacunares y la amplitud en la caída de la presión
arterial (PA) nocturna en sujetos seniles. Grupo A: sin
infartos lacunares; Grupo B: de uno a dos infartos;
Grupo C: más de tres infartos lacunares. Las columnas
negras indican PAS y las columnas blancas indican PAD.
*.p < 0,05. Tomada de la referencia 12. |
También
Nakamura et al27 demostraron que en
hipertensos tratados la incidencia de reinfartos era superior
en sujetos dipper que en non-dipper, diferencias que no se
observaron en sujetos no tratados. En cambio, en estudios
poblacionales de intervención en pacientes seniles no se ha
hallado una curva J al menos en prevención primaria (estudios
EWPHE28 y Systeur29)
como tampoco en algún estudio de prevención secundaria:
Rodgers et al30 en un estudio
prospectivo de 2.435 participantes incluidos en razón de
haber padecido un episodio isquémico transitorio pudieron
recoger 230 ACV,
|

|
| Fig.
3. Prevalencia de lagunas asintomáticas según
el nivel de mínima presión arterial diastólica (PAD)
nocturna. En el grupo de pacientes seniles la
prevalencia de lagunas asintomáticas fue
significativamente diferente según el nivel de mínima
PAD nocturna (x2 = 8,66, DF = 3,p < 0,05). |
La
prevalencia de lagunas asintomáticas mostraron una relación
en forma de J con la mínima PAD nocturna. La presencia de
infartos cerebrales silentes fue mínima en los grupos con PAD
nocturna mínima entre 50 y 59 mmHg. Los valores de p entre
dos grupos se obtuvieron mediante prueba de x2. Tomada de la
referencia 23. Observando una relación inversa entre reducción
de PA tras cuatro años de seguimiento y riesgo de padecer un
nuevo ACV. Por cada 10 mmHg de PAS y 5 mmHg de PAD reducidos,
la disminución en el riesgo era respectivamente de 28.% y
34.%. Nuevamente, como reflexión final sobre este aspecto de
la experiencia extraída de estudios de grandes poblaciones, a
mayor reducción de PA menor riesgo.
Sin
que existan evidencias que lo aseguren, el hecho de que los
pacientes sin caída nocturna de la PA están en mayor riesgo
de desarrollar una primera lesión cerebral nos hace pensar
que es aconsejable intentar controlar la PA durante este período
nocturno al efectuar un tratamiento antihipertensivo, siendo
para ello necesario utilizar fármacos con un efecto de 24
horas asegurado31. Ello no quita que en
casos particulares pueda existir una curva de morbimortalidad
en J (recordemos: mayor riesgo con reducciones “excesivas»
de PA), especialmente en pacientes seniles con lesiones
preexistentes o ante las sospechas de isquemia hemodinámica,
lo que obliga a la individualización del tratamiento32
y a una extrema prudencia en el tratamiento de las fases
agudas de la enfermedad cerebrovascular en las que hay
consenso en buscar unos objetivos tensionales con el
tratamiento mucho menos ambicioso que en el caso de
plantearnos la prevención primaria de la enfermedad
cardiovascular en general y de la cerebrovascular en
particular33.
|

|
| Fig.
4. Gráfico de barras en la que se muestra la
variación circadiana de la presión arterial definida
como el promedio de cambio porcentual de presión
arterial sistólica y presión arterial diastólica
durante la noche en comparación con los valores diurnos
en pacientes con infarto tromboembólico (n = 35) y
hemodinámico (n = 10). Tomada de la referencia 25. |
Resumen
Es posible que amplias oscilaciones de la PAS contribuyan a
facilitar la aparición de isquemia cerebral, dado que la
pared arterial puede ser más susceptible a un estrés
intermitente que a uno continuo. Por otro lado, el mayor
impacto de esta variabilidad tensional en la demencia de tipo
Binswanger sugiere que la materia blanca situada en el
territorio terminal de las arterias penetrantes es
especialmente susceptible a las frecuentes reducciones de
PA.
Además,
mientras que parece claro que los pacientes que no reducen
fisiológicamente la PA durante la noche están en mayor
riesgo (lo cual sugeriría la necesidad de intentar controlar
la PA durante este período nocturno al efectuar un
tratamiento antihipertensivo), ello no es incompatible con un
mayor riesgo de lesiones (silentes o no) en un subgrupo de
pacientes con caídas excesivas de PA durante la noche,
situación que debería intentarse evitar al efectuar un
tratamiento farmacológico, siendo aconsejable el efectuar una
MAPA en caso de sospecharse esta posibilidad.
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