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HTA
Hipertensión Arterial
Importancia
de la presión arterial ambulatoria en la protección renal en
el hipertenso
La
asociación entre hipertensión arterial (HTA) maligna y el
desarrollo de lesión renal se conoce desde el siglo XIX. No
obstante, datos experimentales, clínicos y epidemiológicos
sobre la relación entre formas de HTA menos graves y lesión
renal son relativamente recientes. Si bien la prevalencia de
lesión renal en la HTA no tratada es elevada, con presencia
de proteinuria en el 42 % de los pacientes y de insuficiencia
renal en un 18 %1, la introducción de
la terapia antihipertensiva ha mejorado sensiblemente el pronóstico
renal en estos pacientes2.
No
obstante, según datos de los registros de diálisis, tanto
europeos3 como norteamericanos4,
constatan que la HTA es la segunda causa más frecuente de
insuficiencia renal crónica terminal en pacientes que entran
en programa de diálisis crónica, y parece ser que la
incidencia está aumentando en algunas áreas3.
Hay que tener en cuenta que los estudios basados en registros
están sujetos a posibles errores en la clasificación etiológica
de los pacientes, y esto es más válido en el caso de
enfermedad renal hipertensiva, ya que en la mayoría de los
casos el diagnósti- co es por exclusión. Además, en la
mayoría de los casos se trata de estudios transversales en
los que el análisis causa-efecto no es posible, y en el caso
de la HTA es difícil saber en estos casos si ésta es causa o
consecuencia de la lesión renal.
Más
recientemente, mediante estudios prospectivos de cohorte
longitudinales se ha podido disponer de datos a favor del
papel de la HTA en el desarrollo y progresión de enfermedad
renal. Estos datos proceden del análisis de un subgrupo de
814 pacientes, de los 332.544 sujetos que fueron candidatos
del estudio MRFIT (Multiple Risk Factor Intervention Trial)5.
El estudio MRFIT es un estudio randomizado, multicéntrico,
diseñado para estudiar los efectos del control de las cifras
de presión arterial (PA), colesterol sérico y tabaquismo
sobre la incidencia de coronariopatía isquémica. Los
pacientes seleccionados para el estudio renal fueron aquellos
que recibieron tratamiento por insuficiencia renal crónica
terminal o que murieron de enfermedad renal, con un período
de seguimiento de 16 años5.
Después
de ajustar por edad, raza, tabaquismo, colesterol sérico,
diabetes mellitus, cardiopatía isquémica e ingresos económicos,
estos autores detectaron que la relación entre los niveles de
PA, tanto sistólica como diastólica, y el riesgo de
insuficiencia renal crónica era robusta, gradual y estadísticamente
significativa5. La importancia de la HTA como causa de lesión
renal se refleja en que un 49 % de los 814 casos de
insuficiencia terminal era atribuible a HTA. Entre los sujetos
que sobrevivieron los primeros diez años del estudio sin
desarrollar insuficiencia renal crónica, el riesgo relativo
de desarrollarla con el tiempo era de 2,8, 5,0, 8,4 y 12,4
veces mayor en aquellos sujetos con HTA de estadio I, II, III
y IV, respectivamente, que los controles normotensos, siendo
la mayor parte del riesgo atribuible a elevaciones de la PA
sistólica. Este estudio aporta las evidencia más directas y
concluyentes de la relación causal entre PA e insuficiencia
renal crónica terminal.
En
la clínica, uno de los parámetros más utilizados para
evaluar lesión renal en pacientes hipertensos es la medición
de la excreción urinaria de albúmina. Diversos estudios han
demostrado que la presencia de microalbuminuria (excreción
urinaria de albúmina entre 20 y 200 µg/min) se puede
considerar como predictiva del desarrollo posterior de
proteinuria franca y morbilidad cardiovascular en pacientes
diabéticos6, en ancianos7 y en la
población general8. La presencia de
microalbuminuria constituye un marca dor precoz de daño
vascular y de arterioesclerosis en pacientes diabéticos9.
En pacientes con HTA esencial existe una correlación entre
microalbuminuria y mayor riesgo cardiovascular10
en forma de coronariopatía, enfermedad vascular periférica10
e hipertrofia ventricular izquierda11, 12.
La
prevalencia de microalbuminuria en pacientes hipertensos no
tratados se encuentra entre el 20 % y el 30 %13, 14. Estudios
recientes han sugerido que, al igual que ocurre en la
diabetes, la microalbuminuria también podría ser un marcador
de lesión vascular renal en la HTA esencial y que precedería
el desarrollo de proteinuria clínica como manifestación de
nefroangiosclerosis hipertensiva11, 15,
aunque serán necesarios datos más concluyentes para
confirmar esta hipótesis. La relación causal entre niveles
de PA y lesión renal también se ha observado con la
presencia de microalbuminuria, existiendo una correlación
entre ésta y los niveles de PA.
Estos datos indican que el control adecuado de la PA es
necesario para prevenir el daño renal que acompaña la HTA.
Con respecto a esto hay dos aspectos que se deben tener en
cuenta, cuestiones que emergen de la propia fisiopatología de
la lesión renal en la HTA. En primer lugar es el nivel de PA
que se debe alcanzar con el tratamiento para demostrar un
efecto beneficioso. En segundo lugar cabe preguntarse si todos
los fármacos antihipertensivos son igual de eficaces en
prevenir o enlentecer el deterioro renal en los pacientes
hipertensos.
Respecto
al control de la PA, se ha demostrado la eficacia del control
de las cifras de PA en reducir la microalbuminuria y en
mejorar el pronóstico renal16 en la
nefropatía diabética. En el caso de la HTA esencial, aunque
la mayoría de los ensayos iniciales sobre tratamiento no
permiten un análisis fiable de la evolución renal de los
pacientes1, algunos sí que han permitido observar un
beneficio renal del tratamiento antihipertensivo17.
Así, se ha observado de forma prospectiva a cinco años que
un control muy estricto de la PA mejoraba el pronóstico renal
en pacientes con cifras de creatinina entre 1,5 y 1,7 mg/dl18.
La selección de sujetos del estudio MRFIT demostró que el
deterioro de la función renal era más frecuente cuando la PA
diastólica era superior a 95 mmHg19.
Estudios a corto plazo han demostrado que el control muy
estricto de la PA es capaz de mejorar la función renal en
hipertensos no diabéticos20.
En
un estudio sobre modificación dietética se observó que un
control más estricto de la PA de aproximadamente 5 mmHg se
asociaba a una reducción en el ritmo de progresión de la
insuficiencia renal de un 15 % después de un seguimiento de
unos dos años21. Respecto al nivel de
PA que se debe alcanzar, un estudio muy importante señala que
un control muy estricto de la PA es capaz de frenar la
progresión de la insuficiencia renal en pacientes hipertensos
cuando la proteinuria es superior a 3 g/día22.
Estos autores recomiendan que en pacientes hipertensos con
insuficiencia renal con niveles de proteinuria superiores a 1
g/día el objetivo terapéutico es1 una PA de 125/75 mmHg.
Respecto
al tipo de hipotensor a utilizar, diversos estudios han
demostrado que para un efecto hipotensor equivalente, los
inhibidores de la enzima de conversión de la angiotensina
(ECA) muestran una eficacia superior en reducir la proteinuria
y frenar la progresión de la insuficiencia renal en la
diabetes23, 24. Ello es debido a que el
sistema renina angiotensina aldosterona tiene un papel
fundamental en el desarrollo de la lesión renal hipertensiva.
Por un lado, la angiotensina II regula la hemodinámica
glomerular favoreciendo la hipertensión glomerular mediada
por vasoconstricción preferente de la arteriola
eferente.
Esta
hipertensión glomerular mediada por angiotensina II es
responsable del síndrome de hiperfiltración glomerular que
conduce al desarrollo de proteinuria y de eventual esclerosis
glomerular23. Existen múltiples
estudios que demuestran que la inhibición del sistema renina
angiotensina mediante inhibidores ECA o mediante antagonistas
del receptor de angiotensina II (ARA II) es capaz de reducir
la presión glomerular, la proteinuria y de proteger frente al
desarrollo de esclerosis glomerular25.
En el animal de experimentación se ha demostrado este efecto
con una eficacia superior que en parte no se explicaría de
forma exclusiva por su efecto hipotensor26.
Respecto
a esto es importante señalar que los inhibidores de la ECA
mejoran la proteinuria y la función renal en diabéticos
normotensos27.
Además de los factores hemodinámicos, el crecimiento renal,
particularmente a nivel glomerular, se halla asociado y puede
predisponer a lesión renal28. La
angiotensina II induce el crecimiento celular en varios órganos,
en parte mediante la inducción de factores de crecimiento,
especialmente en vasos, corteza suprarrenal, corazón y riñón23.
En el riñón este efecto de la angiotensina sobre la célula
mesangial induce hipertrofia e induce la síntesis de colágeno
con la consiguiente fibrosis.
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| Fig.
1. Relación entre los cambios porcentuales en
la presión arterial media nocturna y el cambio en el
aclaramiento de creatinina (CrCl) después de un período
de seguimiento de un año en hipertensos dipper y
non-dipper. Tomado de la referencia 41. |
Se
han llevado a cabo diversos ensayos terapéuticos
aleatorizados y controlados con diversos fármacos con el propósito
específico de evaluar el efecto del control de la PA sobre la
progresión de la insuficiencia renal. El primero de ellos
estudió de forma prospectiva el tratamiento aleatorizado con
un inhibidor de la ECA o con un antagonista del calcio y
observó una mejoría de la función renal después de un período
de tratamiento, sin que se observaran diferencias
significativas entre ambos fármacos29.
Por otro lado existe evidencia de que los inhibidores de la
ECA preservan mejor la función renal a seis y doce meses en
pacientes hipertensos que el tratamiento con betabloqueantes30.
El
beneficio de los inhibidores de la ECA sobre el riñón se
explicaría por su efecto de reducir la presión
intraglomerular al producir una vasodilatación de la
arteriola eferente más marcada que sobre la aferente26
y de frenar la actividad mitogénica de la angiotensina II23.
Otras clases de antihipertensivos, como los betabloqueantes o
los alfabloqueantes, no muestran efectos beneficiosos sobre la
hemodinámica renal excepto los antagonistas del calcio no
dihidropiridínicos. Así, el verapamil y el diltiazem han
demostrado un efecto antiproteinúrico, por lo que es posible
que actúen sobre ambas arteriolas glomerulares para reducir
la presión glomerular31.
Maschio
et al32 realizaron un seguimiento de
tres años a 583 pacientes con diversos grados de
insuficiencia renal, el 80 % de los cuales eran hipertensos,
que fueron aleatorizados a recibir bien un inhibidor de la ECA
(benazapril), bien placebo. A los tres años los pacientes
tratados con inhibidor de la ECA presentaban una progresión
de la insuficiencia renal más lenta, efecto que era más
pronunciado en los pacientes que presentaban niveles más
elevados de proteinuria.
A
pesar de todos estos estudios prometedores se ha observado que
en pacientes con HTA leve-moderada en los que se logra un buen
control de la presión arterial casual, alrededor de un 15 %
desarrolla proteinuria e insuficiencia renal después de nueve
años de seguimiento33, 34. Aunque no se
proporcionaron datos sobre si el tratamiento o no con
inhibidores de la ECA podrían haber influido la evolución,
estos datos sugieren que, como se ha señalado antes, además
de la PA, otros factores son importantes en determinar la
progresión de la lesión renal35.
No
obstante la emergencia de datos a favor de la eficacia de los
inhibidores de la ECA en la protección orgánica, este grupo
terapéutico presenta una serie de limitaciones que han
provocado la búsqueda de alternativas para bloquear el
sistema renina angiotensina. En primer lugar, se trata de
inhibidores competitivos de la ECA, por lo que limita un
bloqueo completo. Después de la administración crónica de
un inhibidor de la ECA se produce un aumento reactivo de la
renina y de la angiotensina I plasmáticas. Las elevadas
concentraciones de angiotensina I conducen la reacción enzimática
a la producción de angiotensina II y por ello las concen
traciones de angiotensina II pueden volver a niveles normales
después de la administración prolongada de un inhibidor de
la ECA36.
Además
se han descrito vías alternativas de producción de
angiotensina II, como es el caso de la cimasa, que pueden
cobrar importancia en el caso de inhibición de la ECA.
Finalmente, la ECA no es una enzima específica y puede
degradar la bradicinina. Por ello su inhibición provoca una
acumulación de bradicinina que puede participar en algunos
efectos adversos como son la tos y el edema angioneurótico.
Actualmente,
la aparición de los ARA II aporta el enfoque lógico para
controlar los efectos deletéreos (hemodinámicos y
estructurales) que la angiotensina II produce al activar su
receptor de membrana. Múltiples ensayos clínicos han
demostrado que son fármacos eficaces para controlar la PA y
que presentan el mínimo de efectos secundarios. Respecto a la
protección orgánica renal los resultados disponibles son a
nivel del animal de experimentación. Así, se ha demostrado
que la administración de un ARA II a ratas hipertensas es
capaz de reducir significativamente la excreción urinaria de
albúmina y de prevenir el desarrollo de esclerosis glomerular37.
Estos resultados hacen prever que los ARA II serán eficaces a
nivel clínico en la protección renal.
Recientemente
ha cobrado interés el papel del control adecuado de la PA en
el período de 24 horas en la evolución de la lesión de órgano
diana en la HTA. Este último aspecto es muy importante ya que
se ha demostrado que existe una mejor correlación entre las
complicaciones cardiovasculares y los valores de presión
obtenidos en monitorización de 24 horas respecto a los
valores en la medida casual de la PA38.
Así, la microalbuminuria se correlaciona no sólo con la PA
sistólica y diastólica, sino también con la media de PA
sistólica y diastólica en la monitorización ambulatoria de
la PA11, 13. Incluso se ha constatado
que la presencia de microalbuminuria se correlaciona mejor con
la PA registrada mediante monitorización ambulatoria durante
24 horas que con la toma causal de la PA en la consulta13,
19.
Además,
la relación período diurno/período nocturno de la PA diastólica
es un determinante independiente de la excreción urinaria de
albúmina, destacando el posible papel de la PA nocturna en el
desarrollo de lesión orgánica13. Así,
los cambios de presión durante las 24 horas pueden constituir
determinantes independientes de lesión de órgano diana en la
HTA40. Por otro lado, los pacientes con insuficiencia renal
que son non-dipper (ausencia de un descenso nocturno de la PA
diastólica mayor del 10 % con respecto a la diurna) presentan
un deterioro más rápido de la función renal que los que son
dipper, constituyendo una muestra de la utilidad del registro
ambulatorio de la PA como indicador de riesgo renal41
(fig.
1). Por otro lado,
los pacientes con insuficiencia renal presentan presiones
arteriales nocturnas más elevadas en comparación con
pacientes hipertensos sin afectación renal a igual carga de
presión42 (porcentaje de lecturas por
encima de un valor preestablecido).
La
falta de reducción de PA durante la noche reduce la
variabilidad de 24 horas de presión, y esta carga de 24 horas
más constante podría contribuir a la lesión renal. La carga
de presión también se ha relacionado con la lesión de órgano
diana a nivel cardíaco. De esta manera parece que el perfil
de presión de 24 horas es importante para determinar el
riesgo de lesión de órgano diana y por tanto también es un
instrumento útil para valorar el perfil del efecto
antihipertensivo de los fármacos. De esta manera no sólo se
pueden realizar comparaciones entre fármacos
antihipertensivos analizando las diferencias “hora-hora”,
sino que también se puede estudiar la reducción máxima de
PA que se observa tras la administración del fármaco (peak),
así como la reducción conseguida al final del intervalo de
dosificación justo antes de la administración de la
siguiente dosis del antihipertensivo (trough).
Es
importante que un fármaco de administración única diaria no
induzca un pico exagerado para conseguir la prolongación del
buscado efecto antihipertensivo a lo largo de 24 horas. Así,
el índice trough/peak (TP, efecto máximo/efecto predosis) se
convierte en un índice útil que combina tanto la magnitud
como la duración de la respuesta antihipertensiva de un fármaco.
Este
índice puede ir de 0 a 1, y cuanto más cercano a 1 sea,
mejor garantizado está el control de la presión arterial a
lo largo de todo el intervalo entre dosis, recomendándose que
sea igual o superior a 0,5. Dentro del grupo terapéutico de
los ARA II, son especialmente atractivos aquellos que
presentan una vida media elevada, como irbesartán, candesartán
o telmisartán16-23, y que aseguran, por
tanto, un control adecuado de la presión arterial durante las
24 horas. Así, se ha demostrado que el ARA II de vida media más
larga, telmisartán, es más efectivo que amlodipino en el
control de la presión durante las 24 horas, especialmente en
el período nocturno y madrugada43.
Aunque
se ha reconocido la utilidad del registro ambulatorio de presión
arterial para evaluar la eficacia del tratamiento
antihipertensivo, y de que la evaluación del índice T/P y de
la carga de presión pueden ser de utilidad para la protección
cardíaca, en la actualidad no existen datos sobre la evaluación
de estos parámetros y la protección renal, por lo que serán
necesarios estudios de eficacia farmacológica, especialmente
de los nuevos ARA II, con registro ambulatorio de presión
arterial con respecto a la protección renal.
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